Hasta hace pocas décadas, la psiquiatría no había profundizado en los efectos neurológicos que provoca el rechazo y el aislamiento en la infancia. Casos extremos como el de Genie, descubierta en 1970 en EE. UU., permitieron estudiar ese daño.
Genie fue víctima de graves maltratos por parte de su padre, Clark Wiley, quien la mantuvo atada y aislada en una habitación desde que tenía 22 meses. No podía hablar, apenas veía la luz, y cualquier intento de emitir sonidos se castigaba con golpes. Dormía en una jaula de alambre, y vivió así once años. Su madre y su hermano también sufrían el terror de un padre autoritario y violento que controlaba la casa con un arma en la mano.
El caso salió a la luz cuando su madre, prácticamente ciega, pidió ayuda en un hospital. Una asistenta social descubrió la situación y la policía intervino. Al encontrarla, Genie caminaba a cuatro patas, no hablaba y parecía tener seis años, aunque en realidad tenía trece.
Tras la denuncia, el padre se suicidó dejando una nota —“el mundo nunca lo entenderá”—, y la madre fue absuelta al considerarse también víctima, aunque perdió la custodia.
Genie pasó a manos de un equipo médico que la utilizó como objeto de estudio, pues interesaba conocer el desarrollo del lenguaje y la influencia del entorno en la conducta.
En pocos meses...
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