Estoy tentada a parafrasear este artículo de Celeste Sawczuk porque recoge un tema que los expertos y calígrafos llevamos comentando desde hace años: la ausencia de la firma puede reafirmar su autoría.
La experta refiere que en los siglos XV y XVI, especialmente en Italia y Flandes, la mayoría de los pintores trabajaban en talleres donde muchas manos intervenían en una misma obra. Por tanto, la pieza resultante se consideraba una obra de taller, marcada con un distintivo que autenticaba la producción del maestro. A veces, esa marca incluso garantizaba una transacción comercial.
Sin embargo, pintores como Velázquez trabajaban fuera del circuito comercial, en su caso como pintor de cámara del rey.
Su legitimidad no dependía del mercado ni de la firma: su obra se reconocía por el estilo, no por la rúbrica.
Mientras que en Flandes y el norte de Europa era común el uso de la firma para ganar prestigio o derechos de autor, en España prevalecía una visión más austera, donde lo importante era...
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