Picasso no firmaba sus obras porque —afirmaba— resultaba evidente su autoría.
Sin duda, también la escritura era reflejo de su identidad. Por eso, la afirmación «Picasso es su pintura, pero también su escritura» cobra fuerza cuando se analizan los documentos desde el punto de vista de la grafología.
La escritura de Picasso es rápida y cargada de rasgos muy particulares. Su desarrollo es ave migratoria: se escapa si la encierra el frío; su toma del espacio es libre, aunque mantenga ciertas formas. El aire corre entre las palabras y busca refugio más allá de los márgenes del papel. Prueba de ello son las descargas de tinta, los finales lanzados y las barras de la «t» prolongadas hacia la derecha. Estos rasgos nos sugieren no solo rapidez y versatilidad, sino también intuición, fuerza y carisma.
La impulsividad con la que escribe denota energía, una energía que se evidencia en su capacidad para superar los obstáculos que se presentan en la escritura. Desde un análisis de temperamento, su grafía nos sugiere un carácter sanguíneo y visceral que trasciende lo racional y lo apolíneo, invadiendo la zona de las jambas con presión, descarga pulsional e imposición. De ahí que necesite exprimir la vida y los placeres.
Esa dinámica y ese movimiento, en ocasiones efervescente, le permiten transformar la forma caligráfica sin diluirla, manteniendo sus rasgos esenciales.
El no limits también está presente en su verborrea manuscrita. En su primer poema largo, del 18 de abril de 1935, Picasso...
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