Peritajes & Peritos



A lo largo de las décadas de los 70, 80 y 90, toda una generación de empresarios construyó sus compañías partiendo de cero, en un contexto económico adverso y con un acceso al crédito muy reducido.

Consiguieron levantar industrias, empresas de servicios, talleres, distribuidoras y negocios de carácter familiar que hoy constituyen uno de los pilares del tejido empresarial español.



Un profundo cambio generacional

En la actualidad nos encontramos ante una transición generacional de gran magnitud, en la que numerosos propietarios de pequeñas y medianas empresas carecen de un relevo natural, por diversos motivos:

  • Los descendientes han orientado su trayectoria profesional hacia otros sectores y no tienen intención de hacerse cargo de la dirección del negocio familiar.
  • La totalidad de los socios fundadores ha alcanzado o superado la edad de jubilación.
  • La empresa demanda nuevas competencias tecnológicas y/o comerciales que ni los propietarios actuales ni la siguiente generación pueden ofrecer.
  • El empresario opta simplemente por disfrutar de una nueva fase de su vida tras décadas de entrega absoluta a la compañía.
  • De este modo, negocios plenamente viables se ven en la necesidad de encontrar un nuevo propietario o responsable al frente.

Una decisión estratégica de primer orden

Un buen número de estas empresas presenta cuentas rentables, cuenta con equipos de amplia experiencia, ha acumulado know-how técnico durante décadas, goza de buena reputación y mantiene una cartera de clientes fieles; sin embargo, sus fundadores se encuentran ahora ante un nuevo desafío: la JUBILACIÓN.

Al abordar la jubilación surge inevitablemente la cuestión de la sucesión en la dirección y titularidad de la empresa, planteándose cuatro grandes alternativas: transmitir la sucesión a un familiar, ceder la dirección a un ejecutivo externo, proceder a la venta de la compañía o, como última alternativa —que conviene evitar siempre que sea posible—, el cierre del negocio.

Planificar la sucesión o la venta de la empresa constituye una acción de naturaleza estratégica, y representa, sin duda, la vía más adecuada para preservar el patrimonio y el legado forjado tras años de trabajo.

Habitualmente se estima que un proceso de sucesión bien ejecutado requiere entre 2 y 4 años, en función de si se opta por la venta de la compañía —entre 1 y 2 años— o por una reorganización con sucesión interna —entre 2 y 4 años—. Por ello, resulta imprescindible planificar el proceso con suficiente antelación y adoptar cada decisión con la debida objetividad.


Vender la empresa no equivale a renunciar al legado

Persiste una notable reticencia cultural frente a la venta de la empresa familiar, ya que muchos propietarios interpretan esta operación como el cierre de una etapa de dedicación. No obstante, no tiene por qué ser así. Al identificar al comprador idóneo, se garantiza la continuidad del proyecto, se preserva el empleo y la cartera de clientes, y se favorece que el conocimiento acumulado durante años siga aportando valor.

En numerosos casos, la venta de la empresa constituye la vía más eficaz para proteger el legado edificado durante toda una trayectoria profesional.


El valor de una empresa excede el de sus activos materiales

Al valorar su compañía, el propietario tiende a centrarse en las instalaciones, la maquinaria y los inmuebles.

Sin embargo, en una operación de compraventa, el valor real reside frecuentemente en otros elementos:

La recurrencia de los ingresos.
La fidelidad de la cartera de clientes.
La cualificación de...

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